El orden alimentario de las multinacionales, cómo se especula con la alimentación mundial

por el 18 junio, 2013 en Blog, Miscelánea | 1 Comentario »

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 Extracto del libro ‘Las cosechas del futuro’ de Marie-Monique Robin

El orden alimentario de las multinacionales

“¿Qué tipo  de civilización es esta que no ha encontrado nada mejor que el juego (la  anticipación especulativa) para fijar el precio del pan de los seres  humanos y de su bol de arroz?”, se pregunta Philippe Chalmin en su libro   Le Monde a faim. Sin embargo, no se puede sospechar que este  especialista en el mercado de las materias primas, que pidió el voto  para Nicolas Sarkozy en la segunda vuelta de las elecciones  presidenciales francesas de 2012, sea un altermundialista primario. Su  pregunta es reveladora de la inquietud que se ha apoderado del  círculo de los economistas liberales (incluidos los “neoclásicos”,  como Philippe Chalmin), muy influyentes en las esferas dirigentes  nacionales e internacionales y que, como el doctor Frankenstein,  descubre con horror el monstruo que ellos han contribuido a crear. ¿Hay  necesidad de recordar que la “civilización” de la que habla Philippe  Chalmin no ha caído del cielo, y que es el resultado de un sistema  económico establecido por unos cuantos poderosos que están explotando  al mundo con el único objetivo de satisfacer su sed de beneficios? Y es  que, como repite una cantidad cada vez mayor de expertos, la crisis  alimentaria no es una fatalidad, sino la expresión de disfunciones  fundamentales que actualmente están gangrenando la gobernanza del  planeta. Por consiguiente, quien dice “disfunciones”, dice “soluciones”, pero a condición de que los políticos acepten ponerse   manos a la obra. Esto es lo que, en esencia, me explicó Éric  Holt-Giménez, director del Instituto de Políticas Alimentarias y del  Desarrollo, un organismo de investigación establecido en Oakland  (California), más conocido con el nombre de “Food First“. Doctor en  ciencias medioambientales, este estadounidense muy comprometido vivió  una veintena de años en América Central, donde participó en la  creación del movimiento Campesino a Campesino (véase supra, capítulo 9).  Cuando lo conocí el 18 de octubre de 2011, acababa de publicar un libro  colectivo sobre las “estrategias para transformar el sistema  alimentario” en el que colaboraron Olivier de Schutter y Hans  Herren, que había dirigido la publicación del informe de la IAASTD.

—¿Cómo explica usted la crisis alimentaria de 2007-2008? —le pregunté.

—De  entrada hay que entender bien que la crisis alimentaria no tenía nada  que ver con una escasez de alimentos —me respondió Éric Holt-Giménez—.  En 2008 y después de nuevo en 2010-2011, la crisis alimentaria mundial  se debió exclusivamente a una inflación del precio de los alimentos.  En aquel momento teníamos una vez y media el alimento necesario para  cada hombre, mujer y niño del planeta, pero el precio de los alimentos  era tan alto que las poblaciones de los países pobres carecían de los  medios para comprarlos. La causa principal de la crisis alimentaria es  que vivimos bajo el yugo de lo que denomino el “orden alimentario de  las multinacionales” [food corporate regime]. Estas empresas, como  Monsanto, Syngenta, ADM o Cargill, nos imponen un sistema alimentario  globalizado que es extremadamente vulnerable a los choques  medioambientales y económicos. Si se mantiene este sistema es porque  procura enormes beneficios: si caen los precios, ellas ganan dinero; si  los precios suben, también ganan dinero. Históricamente hemos tenido  tres órdenes alimentarios. El primero era el orden colonial, que  explotaba los alimentos y los recursos baratos del Sur para financiar la  industrialización del Norte. A continuación, tras la Segunda Guerra  Mundial, el flujo se invirtió y los excedentes de alimentos y de granos  del Norte se vertieron en el Sur, con lo que estos países se volvieron  dependientes para la mayor parte de su alimentación. Ahora estamos en la  era del orden alimentario de las multinacionales, que a partir de ahora  controlan toda la cadena alimentaria.

—¿Cómo se puede transformar este orden alimentario?

Sabemos  exactamente lo que hay que hacer para cambiar este mortífero sistema.  Hay que tomar tanto medidas políticas como medidas prácticas. En el lado  político, hay que frenar el monopolio de las grandes multinacionales  que controlan actualmente el orden alimentario, ya que es la única  manera de detener la volatilidad del precio de los alimentos. Para ello  hay que impedir que Wall Street y las bolsas financieras especulen con  nuestros alimentos, hay que constituir reservas de granos que estén bajo  el control de la comunidad internacional, hay que autorizar a los  países a proteger a sus campesinos sacando a la agricultura del campo de  acción de la OMC, la Organización Mundial del Comercio. Y hay que  suprimir las subvenciones agrícolas tal como se practican en el marco  de la Farm Bill en Estados Unidos o de la Política Agrícola Común en  Europa, porque distorsionan completamente la producción alimentaria  mundial. Pero por el momento no se ha establecido ninguna de estas  medidas, que caen por su propio peso si verdaderamente se quiere acabar  con el hambre, porque desgraciadamente los gobiernos, sobre todo los del  Norte, también tienen interés en que se mantenga este orden alimentario  de las multinacionales. En el lado práctico, hay que romper con el  modelo de producción alimentaria que nos ha dado el orden alimentario  de las multinacionales y que es extremadamente dependiente de las  energías fósiles, ya que no debemos olvidar que las empresas que venden  los pesticidas y los abonos químicos son también las que controlan el  comercio mundial de alimentos. Hay que promover la agroecología para que   los campesinos y las comunidades rurales puedan controlar su  producción alimentaria y escapar de las garras de Monsanto, Cargill y  compañía. En otras palabras, necesitamos unas leyes y marcos  reglamentarios que promuevan la soberanía alimentaria basada en una  democratización de toda la cadena, lo cual va completamente en contra de las políticas impuestas desde hace décadas por el FMI (Fondo  Monetario Internacional) y el Banco Mundial.

Los dictados del FMI y del Banco Mundial

Las “políticas” de las que habla Éric Holt-Giménez tienen un nombre: “programa de ajuste estructural“. Hoy en día resulta difícil entrevistar   a un “experto” que haya promovido lo que la sensatez popular llama las “curas de austeridad”. Es un momento de perfil bajo para los “ajustadores” del FMI y del Banco Mundial. Desde las revueltas del  hambre y la crisis alimentaria galopante ya no se encuentra a nadie  para justificar unas políticas que han sumido en la miseria y empujado a   millones de pequeños campesinos a los barrios de chabolas de las ciudades. Por mi parte, traté de entrevistarme con Jeffrey Sachs, el  economista estadounidense que tuvo el privilegio de figurar dos veces  (en 2004 y 2005) en la clasificación de las personalidades más  influyentes del mundo publicada por Time Magazine, ¡pero nunca fijó  una hora para la cita que teníamos en Nueva York el 26 de octubre de  2011! Como este economista había llevado a cabo unas “terapias de  choque” (término que aborrece) en varios países de América Latina y  Europa del este, y había oficiado como consultor ante varios gobiernos  africanos, yo esperaba que me hiciera un balance de las políticas de  ajuste estructural llevadas a cabo por el Banco Mundial y el FMI, dos  instituciones que conoce bien, y de sus consecuencias sobre la  agricultura y la producción alimentaria.

Como no me puedo referir a  sus expertas opiniones, volveré a citar a Olivier de Schutter, el  cual tiene una visión muy severa de los famosos “programas de ajuste  estructural” que considera que han llevado directamente a las crisis  alimentarias de 2008 y 2011: “El proceso del hambre empezó por la  destrucción de la pequeña agricultura familiar —explicó en una lección  inaugural pronunciada en la Escuela Superior de Agricultura de Angers—. A  medida que se han ido reforzando las exigencias de competitividad  impuestas a la agricultura y que se ha ido reduciendo el apoyo a los  agricultores, la agricultura se ha ido volviendo inviable, salvo para  los grandes productores. Desde la década de 1970 las elecciones que se  ha hecho han provocado la muerte de la pequeña agricultura familiar en  los países en vías de desarrollo”. En efecto, conviene recordar que “en el momento de los procesos de independencia África era  autosuficiente e incluso exportadora neta de bienes alimentarios (cerca  de 1,3 millones de toneladas al año entre 1966 y 1970)”, como pone de  relieve el sociólogo e historiador belga Laurent Delcourt, que añade: “¡Ahora importa cerca del 25 % de sus alimentos!”.

Este proceso de  dependencia cada vez mayor se desarrolló en dos etapas. La primera cubre  las décadas de 1960 y 1970, en las que poco después de los procesos de  independencia los países africanos llevaron a cabo unas políticas  voluntaristas de desarrollo agrícola con dos objetivos: garantizar que  se abastecía a las ciudades de alimentos baratos (proponiendo unos  servicios de divulgación agrícola y comprando la producción de los  pequeños campesinos a precios garantizados por el gobierno), y promover  la agroexportación para procurarse las divisas necesarias para la  compra de bienes manufacturados en el mercado internacional, entre  ellos los equipamientos agrícolas. Así es como en el África subsahariana  los países se especializaron en la producción de materias primas (los  famosos “cultivos de renta”), como el café, el algodón o el cacao, que  se inscribían en una división internacional del trabajo heredada de la  época colonial. Es lo que yo llamaría el “orden alimentario neocolonial“, según la clasificación de Éric Holt-Giménez.

Después vino el  segundo período, de 1980 a 2000, en el que los países africanos se  vieron estrangulados por una deuda colosal debida al deterioro de los  términos del intercambio, ya que el precio de las materias primas no  dejaba de bajar mientras que el de los productos manufacturados no  dejaba de aumentar. Para ser más precisa, yo añadiría que las deudas  también aumentaron debido a unas practicas de corrupción y de  depredación de los potentados africanos, ampliamente apoyados por sus  colegas de las antiguas potencias coloniales, a la cabeza de las cuales  se encuentra Francia. Pero lo cierto es que los gobernantes africanos  pasaron a estar bajo el yugo del FMI y el Banco Mundial en un momento en  el que la “desregulación” promovida por Ronald Reagan en Estados  Unidos y Margaret Thatcher en el Reino Unido se convertía en la nueva  doxa económica. “Periódicamente el FMI concede a los países endeudados  una moratoria temporal o una refinanciación de su deuda a condición de  que se sometan al llamado plan de ajuste estructural —comenta Jean  Ziegler, que fue un observador privilegiado de las prácticas de esta  institución de la ONU—. Todos estos planes comportan la reducción de los  gastos de sanidad y de escolaridad en los presupuestos de los países  implicados, y la supresión de las subvenciones de los alimentos básicos y  de la ayuda a las familias necesitadas. [...] Ahí donde hace estragos  el FMI se encogen los campos de mandioca, de arroz y de mijo. La  agricultura de subsistencia muere.”

Laurent Delcourt lo confirma: “Para maximizar sus ventajas comparativas y acumular divisas se invita  a los fuertemente endeudados países del Sur a centrarse en unos  cultivos con mayor valor añadido en los mercados internacionales. ¡Así  se verá a Kenia o Perú lanzarse a la floricultura, los cultivos de  soja sustituyen en Brasil a las tierras de pasto o a los suelos  tradicionalmente dedicados a una agricultura más diversificada, [...] o  incluso alzarse naranjos en lugares dedicados a la producción de  alubias (alimento base de la población) en Haití, país que actualmente  importa cerca del 60 % de sus alimentos!”.

Haití, precisamente.  Jean Ziegler informa en su libro Destrucción masiva, geopolítica del  hambre que a principios de la década de 1980 la isla era  autosuficiente en arroz porque la producción nacional estaba protegida  por una tasa a la importación del 30%. El país sufrió dos planes de  ajuste estructural y bajo las presiones del FMI la tarifa aduanera se  redujo a un 3 %. Resultado: “El arroz estadounidense, fuertemente  subvencionado por Washington, invadió las ciudades y pueblos  haitianos“. “Entre 1985 y 2004 las importaciones de arroz pasaron de  15.000 a 350.000 toneladas mientras que la producción local se hundía y  pasaba del 124.000 toneladas a 73.000. Hoy el gobierno de Haití gasta  un 80% de sus ingresos en comprar comida, mientras que los pequeños  arroceros han emigrado masivamente a los barrios de chabolas de  Port-au-Prince. En abril de 2008 encabezaron las revueltas del hambre  que ocasionaron varios muertos, cientos de heridos y provocaron la caída  del gobierno. Lo mismo ocurrió en Zambia o incluso en Ghana, donde en  2003 el Parlamento decidió volver a introducir una tarifa aduanera del  25% para el arroz importado. El FMI reaccionó con vigor. Obligó al  gobierno a anular la ley.” El diario

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